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11/6/13

EL SECRETO DEL OTOÑO (4º CLASIFICADO) Autora: Mayte Gómez Molina




Se estaba ensuciando las zapatillas de tierra e impaciencia. Desde que perdió la esperanza de que sus hijos vinieran a verle, solo se emocionaba cuando los árboles se bajaban del tren en aquella estación y dejaban el andén lleno de hojas. Sentado en el huerto, Vicente surcaba el suelo con un pie y luego repetía la operación con el otro mientras tiraba en la franja que dejaba, las cáscaras de unos pistachos, tal vez esperando que el suelo se abriera como ellos y dejara ver su fruto verde. La tierra se le metía entre los dedos de los pies y se le colaba en los poros, sigilosa, infectándolo de un apremiante deseo de arar, esperando que el sudor de la siembra volviera a llenar de vida una piel que  la soledad  había llenado de surcos vacíos.
El refrán maño no solía fallar, pero había pasado los tres días siguientes a la mañana del Pilar madrugando para otear el cielo, incluso más que el sol, que aún estaba desperezándose entre las montañas cuando Vicente ya tenía la nariz llena de café; sin embargo, no había ni rastro de las grullas. Cada octubre que aparecían volando hacia la laguna, listas para acunar sus huevos en un invierno suave, eran una señal para que el agricultor también cobijara las semillas en sus nidos de tierra. Pero desde que existe el canal del tiempo la gente dejó de hacerles caso; saber que llueve es más fácil poniendo la mano en el mando que sacándola por la ventana. El hombre trajeado que hacía amago de controlar el vaivén de las nubes en el televisor profetizaba un diciembre funesto; aun así, él se arriesgaría a sembrar aunque el pronóstico invernal granizara sobre sus esperanzas.
El ruido que lo sacó de su letargo no fue el de los graznidos, sino el de un mastodonte motorizado que paró a la entrada del pueblo. Alguien se bajó del camión y éste se alejó apresuradamente revolucionando las primeras hojas que, sonrojadas y asustadizas, se habían dejado vencer al primer soplo de aire otoñal, cubriendo el suelo como una alfombra roja que dirigía al foráneo hacia el pueblo. Un gallo cantó desde la lejanía, anunciando al muchacho como una fanfarria. Su tez tostada destacaba entre los amplios campos de cereal, sus pies parecían manchados de azafrán; aquel barro rojizo había ensuciado sus austeras sandalias, o más bien lo que quedaba de ellas.
El muchacho venía del norte de África pero, al igual que las aves, también intentaba dejar atrás el álgido día a día, el frío del aterido bolsillo vacío, el gélido llanto del niño hambriento, a pesar de que en su pueblo el calor derretía las casas de adobe: auténticos hornos en los que no había nada que cocinar y las lágrimas de una madre se evaporaban o se perdían entre el sudor. Pero al contrario que las grullas, que migran bajo el dictado de la naturaleza, su partida era una aberración al instinto, y al mismo tiempo un canto a la esperanza. Se alejó de su familia, de su hogar, de los horizontes que conocía y las palabras que entendía en un intento de mejorar su situación y la de sus polluelos. No tenía fecha ni destino fijo, iba de pueblo en pueblo buscando algo en lo que trabajar, aunque fuese en aquellas tareas que los demás eran demasiado buenos para hacer.
El viaje de las grullas tardaba meses. Era muy duro, azotado por la lluvia, fuertes vientos y algún pájaro metálico y bobo que iba muy deprisa, irrespetuoso con las señales que formaban las bandadas en el cielo, que las esperaba con las nubes abiertas. Pero, ¿quién esperaba al muchacho? ¿Quién escucharía las vicisitudes de su aventura?
Cuando lo vio aproximarse al límite de su huerto, el anciano pensó en esconderse en la casa para ahorrarse el mal trago de decirle que no tenía nada que ofrecerle. Pero cuando el forastero se acercó donde estaba y alzó la mano para saludar a Vicente, el azote de las alas de las grullas inundó el alba; un huracán de plumas que indicaban que los surcos estaban listos para llenarse de historias escritas con pequeños tallos recién nacidos.
Ambos se miraron, estupefactos.
Bien sabido era que a Vicente no le sobraba ni un céntimo; todo lo invertía en los surcos de la siembra, una gran hucha sin fondo. Pero el muchacho tenía el secreto del otoño y él un campo que sembrar. Ya se las arreglarían.

5 comentarios:

  1. Precioso relato. Tierno y duro.

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  2. MARAVILLOSO!!!!!!

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  3. Rosi Serrano11/6/13 12:07

    Ay, si fuésemos todos así... lees estos relatos y te queda un sentimiento de frustración...corren malos vientos para todos...joer, que una lágrimilla me has puesto en los ojos...

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  4. Me hubiera gustado seguir leyendo

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  5. Precioso, lleno de ternura y de sensibilidad. Un relato para leer varias veces, para impregnarse de él. Enhorabuena.

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